La sociedad debe crecer a ritmo de la ia, no al revés

La Tecnología avanza a una velocidad vertiginosa, pero la sociedad intenta alcanzarla a su propio ritmo. Ese es el problema que enfrenta la inteligencia artificial en la actualidad.

La brecha entre el progreso tecnológico y la sociedad

La brecha entre el progreso tecnológico y la sociedad

En muchos colegios e institutos de todo el mundo, aún no existe un protocolo claro sobre cómo actuar cuando un alumno entrega un trabajo hecho con inteligencia artificial. Mientras tanto, empresas de todos los sectores llevan meses desplegando agentes autónomos sin que sus equipos hayan recibido formación sobre cómo funcionan o qué riesgos implican.

Este escenario no es aislado, sino el reflejo de un patrón que se repite. La Tecnología avanza, pero las instituciones intentan alcanzarla después. Es como lo formuló precisamente Isaac Asimov en 1988: 'La ciencia gana conocimiento más rápido de lo que la sociedad gana sabiduría'. Cuarenta años después, esa frase describe mejor que nunca el momento en que se encuentra la IA.

Los llamados agentes autónomos —sistemas capaces de ejecutar tareas complejas de forma independiente— están siendo adoptados por empresas. Detrás de todo eso hay una infraestructura física impresionante, puesto que los centros de datos que sostienen estos modelos consumen cantidades de energía que han empezado a aparecer en los debates sobre política energética europeos.

Las grandes tecnológicas tienen compromisos de sostenibilidad firmados, pero siguen abriendo instalaciones en territorios donde la electricidad es barata y no siempre renovable. Europa es la única región del mundo con una ley integral para la inteligencia artificial, el AI Act, que clasifica los sistemas según su nivel de riesgo y prohíbe usos específicos considerados inaceptables.

El problema es que fuera de Europa no hay nada equivalente. En Estados Unidos, la regulación funciona por sectores, con normas para sanidad, finanzas y defensa, pero sin una ley común que las vertebre. En muchos otros países, el marco se reduce a guías de buenas prácticas sin carácter vinculante.

El resultado es que un mismo sistema de inteligencia artificial puede operar sin restricciones en un mercado y ser considerado de alto riesgo en el vecino. No es un problema aislado, sino el reflejo de un patrón que se repite, donde la Tecnología avanza pero la sociedad intenta alcanzarla después.

La discusión real en torno a la IA no es si debe avanzar o detenerse. La cuestión es cómo construir, con la misma velocidad que se desarrolla la Tecnología, los mecanismos para gestionarla. Eso pasa por incorporar a los órganos de decisión perfiles que van más allá del ámbito técnico: juristas, especialistas en ética y representantes de la sociedad civil.

Necesitamos crear mecanismos para la auditoría independiente de modelos de IA, no solo como recomendación, sino como requisito de acceso al mercado. Y debemos tratar la educación digital como una competencia básica, con el mismo peso que la educación financiera o sanitaria.

La sociedad debe crecer a ritmo de la IA, no al revés. No podemos permitir que la Tecnología avance sin que nos preparemos para manejar los desafíos y oportunidades que genera. Es hora de que nos adaptemos y crezcamos al mismo ritmo en el que se despliega la inteligencia artificial.