China: la eficiencia a costa de la interacción humana
Shenzhen me dejó perpleja. Más allá de la aparente utopía tecnológica que emana de la ciudad china, me enfrenté a una inquietante pregunta: ¿estamos confundiendo la evolución con una forma de pereza? En mi última visita, la diferencia entre el frenético desarrollo de china y la cautela de Occidente era palpable.

Un futuro a ritmo de máquinas
La velocidad a la que Shenzhen se ha catapultado al futuro es, sin duda, impresionante. Coches autónomos que circulan por las calles, drones que entregan comida, interfaces de pago con Alipay que dominan la vida cotidiana… todo apunta a una eficiencia que parece deslumbrante. Pero, ¿a qué precio?
En Estados Unidos, los taxis autónomos han encontrado resistencia. Los atascos causados por fallos técnicos, los robos de equipaje y los incendios han sembrado la desconfianza. La gente prefiere la interacción humana, el saludo, la conversación, incluso si eso implica un pequeño retraso. En china, esa pereza, esa falta de conexión, parece ser un sacrificio voluntario en el altar del progreso.
Pony.ai, la compañía que me permitió probar un robotaxi en Shenzhen, operaba con una solidez sorprendente. Los vehículos se movían a velocidades notables, rodeados de otros robotaxis. Un espectáculo que, paradójicamente, me hizo pensar en las conversaciones que se evitan, en los encuentros que se posponen. La aplicación Alipay, con su código QR omnipresente, es la prueba de ello: un sistema que exige un número de teléfono chino para operar, un pequeño muro que separa al usuario de su entorno.
El Talent Park de Shenzhen, un espacio de 770.000 metros cuadrados, es un laboratorio de innovación sin precedentes. Allí, además de la tecnología de vanguardia, se experimenta con la entrega de drones, como Meituan, la empresa que se encarga de llevarte tu comida a cualquier lugar del parque. Un servicio que, según los usuarios, es tan rápido como conveniente. Pero la comodidad tiene su contrapartida: la ausencia de interacción, la necesidad de un número de teléfono chino, la espera frente a un locker, un proceso tan eficiente como impersonal. Un sistema que, en esencia, recompensa la indiferencia.
Lo que me sorprendió, sin embargo, fue la aceptación generalizada de estos vehículos. Los usuarios no se muestran reacios a ceder el control a la IA, prefiriendo la eficiencia a la conversación. La aplicación “¿Estás muerto?”, diseñada para verificar el estado de los que viven solos, es un ejemplo más de la obsesión de china por la tecnología, incluso en los aspectos más íntimos de la vida. Un ingeniero chino ha construido una mano robótica gigante de 5.000 kilos, no para crear arte, sino para abofetear a un amigo.
La innovación china no reside en la creación de cosas nuevas, sino en la aplicación de la tecnología a situaciones que antes eran inviables. Un juez prohíbe que un trabajador humano sea despedido solo porque la IA es más barata. Y, aunque no lo parezca, la tecnología también está siendo utilizada para evadir la interacción social. El futuro, en China, no es necesariamente mejor, solo diferente. Y, quizás, más solitario.
