Jornada de 35 horas: ¿refuerzo o caos en la administración?
La Administración Pública española se enfrenta a un desafío crucial: la implementación de la jornada laboral de 35 horas semanales, mientras se prepara para recibir una nueva Oferta de Empleo Público (OEP) en 2026. La promesa de una mejor conciliación laboral se topa con una realidad de plantillas envejecidas y servicios ya al límite, amenazando con un colapso si no se toman medidas urgentes.
Un calendario laboral apretado y un futuro incierto
El Gobierno y los sindicatos han acelerado las negociaciones para cerrar el nuevo modelo de jornada, pero la OEP de 2026, que se perfila tras Semana Santa, es la verdadera clave. Aunque el Ejecutivo apunta a una oferta similar a la de 2025 (alrededor de 27.000 plazas en la Administración del Estado, sumando 36.000 con las fuerzas de seguridad), las organizaciones sindicales advierten que esta cifra podría ser insuficiente para cubrir las necesidades de la Administración General del Estado (AGE) en el nuevo escenario.
La reducción de jornada implica una caída directa del tiempo de trabajo, un 7,1% menos. Para mantener el nivel de servicio, se requiere una reorganización de recursos o, lo que es más probable, un aumento de efectivos. Áreas como el SEPE, la Seguridad Social y las oficinas de Extranjería, ya sometidas a una presión constante, se verán especialmente afectadas, especialmente con la inminente regularización de cientos de miles de personas.
Los sindicatos han sido claros: no aceptarán que trabajar menos se traduzca en un deterioro de la atención al ciudadano. La solución, sostienen, pasa por reforzar las plantillas, una medida impostergable.

Una administración envejecida y tensionada
La implantación de las 35 horas llega en un momento delicado. Las plantillas no solo están ajustadas, sino que arrastran un problema estructural de envejecimiento. Un informe de Función Pública revela que, en 2020, más del 66% de los empleados públicos de la AGE tenían 50 años o más, con una edad media superior a los 51 años. El personal laboral fijo superaba incluso esa cifra, con una media de 54,1 años. En la última década, se perdieron 45.821 efectivos, mientras que solo se incorporaron 17.784, un balance negativo que ha contribuido a un aumento de la edad media.
Las proyecciones son alarmantes: se estima que, para 2030, más del 56,82% de la plantilla actual se jubilará. Los colectivos C2 (72,28% de bajas), C1 (61,85%) y E (94,96%) serán los más afectados. Las estimaciones del CSIF hablan de la pérdida de más de 20.000 empleos netos en la AGE en la última década, un dato que agrava aún más la situación.

La oep de 2026: ¿solución o parche?
La Oferta de Empleo Público (OEP) se presenta como la herramienta decisiva para cubrir vacantes y adaptar la Administración a esta nueva realidad laboral. Pero la tarea no es sencilla, con miles de plazas pendientes de convocar de ejercicios anteriores. Más de 5.700 puestos de nuevo ingreso para personal laboral y más de 3.200 de promoción interna siguen sin activarse.
Los sindicatos exigen no solo más plazas, sino también agilidad en los procesos selectivos, que deben iniciarse en el mismo año de su aprobación para evitar retrasos. La principal controversia radica en si la nueva oferta generará empleo real o simplemente servirá para reemplazar a los jubilados. La OEP de 2025 no logró este objetivo, y las centrales sindicales no la respaldaron.
La implementación de las 35 horas exige una revisión exhaustiva de la planificación de recursos humanos, los turnos y la organización interna. Los servicios con atención al público deberán ajustar sus horarios, y cada organismo deberá adaptar su calendario laboral. La clave, sin embargo, no reside en la mera reducción de jornada, sino en la inyección de personal joven y cualificado que pueda garantizar la calidad del servicio público.
La promesa de una Administración más moderna y eficiente, que mejore la conciliación y atraiga talento, corre el riesgo de convertirse en un espejismo si no se acompaña de una inversión decidida en recursos humanos. El futuro de la Administración Pública española, y la calidad de vida de sus ciudadanos, dependen de ello.